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Ernest Gibson, el naturalista de la estancia Los Yngleses

·3  min de lectura
Wood stork  wood ibis CIGUENA (Mycteria americana) in the IberA National Park, Corrientes Province, Argentina. (Photo by  Marica van der Meer/Arterra/Universal Images Group via Getty Imag
Marica van der Meer / getty

El autor costumbrista don Carlos A. Moncaut (1927-2008) nos relata en su ya célebre libro Estancias Bonaerenses, la historia de la estancia Los Yngleses de los hermanos escoceses Gibson -John, George y Robert- establecida en 1825, cercana a Gral. Lavalle en la rinconada de Ajó. Llegados al Río de la Plata, implantaron una sucursal de la empresa textil Casa John Gibson & Sons en la actual calle Alsina de la ciudad de Buenos Aires. Con el tiempo fueron adquiriendo campos, entre ellos esta estancia desde donde exportaban la lana que se producía, enfardándola en sus galpones y enviándola desde el puerto de Ajó hasta los puertos de Liverpool y Amberes.

La jinete que “aprendió a andar a caballo antes que caminar”

Un nieto de John Gibson, Ernest, se destacó como un detallista estudioso de la rica fauna avícola del Tuyú. En esta zona al sur de la bahía de Samborombón, recorriendo cañadones y bañados, reunió copiosas notas en sus diarios sobre la vida de las aves que habitaban la región.

Fue tal su dedicación que, con 25 años, publicó su primer trabajo en la revista científica londinense The Ibis, titulado “Notas ornitológicas de las vecindades del Cabo San Antonio”, que apareció entre 1878 y 1880, donde describió 65 especies de aves. Con entusiasmo relataba: “Con un viejo caballo manso [...] pasé tres horas en el corazón del pantano de Cisneros, en un día tranquilo y soleado, flotando sin ruido por los estrechos canales abiertos entre brillantes juncos verdes” (A. Mouchard). Cuarenta años después volvió a escribir, en la misma revista, sobre el tema que tanto le apasionaba, para ampliarlo considerablemente.

Complemento

La obra de Gibson es un excelente complemento de la de Guillermo E. Hudson.

Justamente, Hudson, en sus excursiones por la pampa, se llegó hasta Los Yngleses, donde pasaría largos días conversando con don Ernesto sobre el tema que los apasiona a ambos, amantes de los pájaros. En efecto, el afamado escritor, publicó en 1920 su Birds of La Plata, donde estudiaba y describía las costumbres de las aves de la zona.

Se cuenta que, en una de sus pasadas por la estancia, se acercó hasta la cocina de los peones buscando la típica sabiduría del hombre de campo, tratando de conocer más las costumbres de la región. En aquella oportunidad se estaba hablando acerca de las curaciones y los remedios con yuyos (él mismo había padecido una deficiencia cardíaca en su juventud) por eso al preguntarle al paisano que estaba contando sus experiencias, qué era aconsejable para un corazón enfermo de palpitaciones, el ocurrente interlocutor contestó: “¡Había sido enamoradizo el mozo!”. Ante la risotada de los presentes, Hudson, con rapidez, pidiendo la guitarra, respondió:

“El toronjil, ni qué hablar/

es güeno para el corazón,

el berro ayuda al pulmón.

cuando afloja o se importuna

y pa´ la tos más perruna

el guaco con el cedrón...”

La relación entre ambos naturalistas perduró luego por carta y el mismo Hudson enviaba las anotaciones de su amigo a los científicos del Museo Británico.

Durante la Primera Guerra Mundial, Gibson quedó atrapado en Londres junto a su mujer Alice Donalson y sus dos hijas. Cuando logró volver a la Argentina, partió presuroso a su amada “Los Yngleses”. Allí ensilló su caballo y salió a recorrer el campo, cuando lo sorprendió una fuerte lluvia, llegando empapado y enfriado al casco, donde murió de neumonía el 26 de octubre de 1919.

Cuando muchos a años más tarde pasara por la estancia el doctor José A. Pereyra, uno de los más destacados ornitólogos argentinos, quedó admirado por las colecciones que aún permanecían en los muebles de las salas de la casa principal, encontrándose con cajones que atesoraban valiosas colecciones de huevos y espléndidas mariposas guardadas en viejos sobres, escritos con la delicada caligrafía de don Ernesto.

Vaya esta columna como un cálido homenaje al naturalista del Cabo San Antonio.

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