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¿La salud o el empleo? Reactivar la economía amenaza con más desigualdad

Jim Tankersley
·7  min de lectura
Fila en el Centro para el Empleo WIN en Jackson, Misisipi, el 23 de abril de 2020. (Courtland Wells/The New York Times)
Fila en el Centro para el Empleo WIN en Jackson, Misisipi, el 23 de abril de 2020. (Courtland Wells/The New York Times)

WASHINGTON — Con los intentos para reactivar de manera rápida la actividad económica se corre el riesgo de separar aún más a los estadounidenses en dos grupos principales en términos socioeconómicos: uno que tiene el poder de controlar su exposición al coronavirus y otro que se ve obligado a elegir entre una posible enfermedad y su ruina económica.

Se trata de elegir el mal menor de la crisis: la recesión de la pandemia ha hecho que millones de los estadounidenses más vulnerables en materia económica se queden sin trabajo. Si se precipitan a reactivarse, sus empleadores podrían ofrecerles salvar sus finanzas, pero con un costo potencialmente excesivo para su salud.

Los funcionarios estatales y federales no tienen la capacidad para hacer las pruebas que, según los expertos, son necesarias para rastrear y limitar la propagación del virus; además, todavía no hay vacuna. Sin embargo, exhortados por el presidente Donald Trump, quien está ansioso por reactivar la economía estadounidense, los estados ya se están reactivando.

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Es probable que esa presión aumente las antiguas desigualdades en donde los trabajadores con formación universitaria relativamente acaudalados, y en su mayoría blancos, pueden seguir trabajando en casa y reduciendo al mínimo sus salidas a la calle para disminuir el riesgo de contraer el virus.

Personas con bajos salarios en mayor riesgo

Quienes reciben un salario más bajo, tienen menor escolaridad y consiguen empleos en los que el trabajo a distancia no es una alternativa, tendrían que enfrentar una decisión funesta si los estados levantaran las órdenes restrictivas y los empleadores les ordenaran regresar a trabajar: exponerse a la pandemia o perder su empleo.

Ese grupo de desposeídos está formado en su mayoría por negros e hispanos, aunque también incluye a trabajadores blancos de bajos ingresos.

“Es triste y angustiante”, señaló Tina Watson de Holly Hill, Carolina del Sur, a quien le han reducido sus horas a la mitad en la sucursal de Wendy’s donde trabaja. Pese a que su salario se ha reducido por ese recorte, tiene miedo de tener que interactuar con los clientes cuando el estado disminuya las restricciones que en las últimas semanas han obligado a que el restaurante solo trabaje con el autoservicio. “Siento que mi vida está en riesgo si abren el comedor”, comentó Watson.

Una cantidad cada vez mayor de los trabajadores tienen que tomar esa decisión.

Los gobernadores de Georgia y Carolina del Sur han comenzado a autorizar que algunos negocios vuelvan a abrir, a pesar de que en ambos estados se siguen registrando contagios constantes y hay lo que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades definen como una propagación comunitaria “generalizada” del virus.

El viernes, el gobernador de Georgia, Brian Kemp, autorizó el funcionamiento de los gimnasios, los salones de belleza y los boliches. Los restaurantes y los cines abrirán el lunes. Colorado, Minnesota, Misisipi y Ohio también están autorizando que algunos negocios vuelvan a funcionar.

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Rashad Robinson, presidente del grupo de defensoría de justicia racial Color of Change, señaló que el gobernador de Georgia “ha apuntado a todo un conjunto de negocios que frecuentan y donde trabajan los negros”. Afirmó que para esos trabajadores y clientes, “es una verdadera sentencia de muerte”.

“La desigualdad que estamos presenciando no es desafortunada, como en el caso de un accidente automovilístico”, afirmó Robinson. “Es injusta. Se ha creado a través de toda una serie de opciones”.

Aunque enfrentan riesgos más altos con una reactivación, una parte pequeña pero importante de los trabajadores afectados económicamente está pidiendo a gritos regresar a sus trabajos. Según los datos de una encuesta a nivel nacional de la empresa de investigación Civis Analytics, uno de cada once estadounidenses ha perdido su empleo, horas de trabajo o ingresos —o conoce a algún familiar en esa situación— durante la pandemia, pero se oponen al confinamiento obligatorio.

En la encuesta se descubrió que es dos veces más probable que los estadounidenses que ganan 50.000 dólares al año o menos digan que ellos o algún familiar han perdido su empleo en esta crisis que quienes ganan más de 150.000 dólares anuales. De acuerdo con una encuesta de abril para The New York Times realizada por la empresa de investigación en internet SurveyMonkey, es mucho más probable que quienes ganan más y las personas blancas digan que pueden trabajar desde su casa durante la pandemia que los estadounidenses que ganan menos y los negros o hispanos.

Los estadounidenses negros o hispanos tienen menos capacidad de soportar una pérdida de empleo prolongada que los blancos debido a que entraron a la crisis con menos ingresos y un menor patrimonio. Las estadísticas de la Reserva Federal muestran que una familia negra promedio solo tenía un patrimonio de 18.000 dólares en 2016, mientras que una familia hispana promedio tenía un poco menos de 21.000 dólares. La familia blanca promedio tenía casi diez veces más: 171.000 dólares.

Según datos del censo, en 2018, la típica familia hispana ganaba tres cuartas partes de lo que ganaba una familia típica blanca. La familia negra típica ganaba tres quintas partes de lo que ganaba la familia típica blanca, y su ingreso familiar todavía tenía que retornar a los máximos anteriores a la crisis financiera.

El virus solo ha exacerbado esa desigualdad y las minorías enfrentan tasas de mortalidad más elevadas y mayores daños económicos.

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En la ciudad de Nueva York y en todo el país, los estadounidenses negros e hispanos están muriendo en porcentajes más elevados a consecuencia del virus que los blancos. Los datos de las encuestas económicas muestran que también están perdiendo sus empleos y sus ingresos a un grado extremo. En Minnesota, el porcentaje de trabajadores negros que solicitaron seguro de desempleo durante el último mes es casi un 50 por ciento mayor que el de los trabajadores blancos.

En la encuesta de Civis Analytics de las últimas semanas se descubrió que era mucho más probable que los estadounidenses negros e hispanos informaran que habían perdido su empleo o sus ingresos como consecuencia del virus que los blancos, o que este había provocado que dejaran de pagar una renta o hipoteca, o que fueran desalojados.

En los cálculos del Centro de Investigación en Economía y Política se vio que los estadounidenses negros e hispanos tenían una representación excesiva en muchos trabajos “esenciales” durante esta pandemia, como ser empleados en tiendas de alimentos y conductores de reparto a domicilio. En la ciudad de Nueva York, tres cuartas partes de los trabajadores que están en la línea de batalla de la pandemia son estadounidenses negros. Los datos de la Oficina de Estadísticas Laborales muestran que, a nivel nacional, aproximadamente uno de cada cinco trabajadores negros laboraba en la industria de atención médica, en comparación con alrededor de uno de cada ocho trabajadores blancos.

Los riesgos y los daños por el virus “recaen de manera excesiva sobre los trabajadores negros e hispanos que están desproporcionadamente en los empleos de servicios de salario mínimo”, señaló Mary Kay Henry, presidenta de la Unión Internacional de Empleados de Servicios.

Los investigadores del Instituto JPMorgan Chase advirtieron en un informe de este mes que la recesión por el coronavirus afectaría de manera más fuerte a las familias negras e hispanas en términos de pérdida de ingresos y las obligaría a recortar sus gastos en una mayor medida que las familias blancas, debido a que las familias negras e hispanas tienen menos ahorros que las respalden.

“Podría haber efectos enormes y devastadores para los ingresos como consecuencia de esta depresión”, afirmó William A. Darity Jr., economista de la Escuela de Políticas Públicas Sanford en la Universidad de Duke, quien es un destacado docente que estudia la discriminación económica en Estados Unidos. La desigualdad, señaló, “ha sido espantosa en los últimos años, y solo puedo pensar que esas desigualdades empeorarán”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company