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Los ucranianos desplazados por la guerra abren un nuevo frente como emprendedores

·6  min de lectura
Oksana Dudyk, que abrió una florería tras escapar de Mariúpol en febrero, en Leópolis, Ucrania, el 27 de julio de 2022. (Diego Ibarra Sánchez para The New York Times)
Oksana Dudyk, que abrió una florería tras escapar de Mariúpol en febrero, en Leópolis, Ucrania, el 27 de julio de 2022. (Diego Ibarra Sánchez para The New York Times)

LEÓPOLIS, Ucrania — Oksana Dudyk examinó una pequeña selección de plantas ornamentales en las estanterías de su nueva florería, recién inaugurada en esta ciudad de la frontera occidental de Ucrania. Su mirada se posó en la flor perfecta para un nuevo cliente: prímulas de color fucsia, vivas y exuberantes, ideales para alegrar un rincón austero.

Era el final de la tarde y las flores eran solo su décima venta del día. Sin embargo, eso no es más que un milagro para Dudyk, que abrió la tienda con sus últimos ahorros tras huir de su ciudad natal, Mariúpol, ahora diezmada, bajo una lluvia de misiles rusos. Su marido, que se alistó en el Ejército ucraniano tras la invasión, fue capturado por las fuerzas rusas en mayo y no se sabe nada de él desde entonces.

“Estas flores me ayudan a salir adelante”, comentó Dudyk, de 55 años.

Dudyk, quien antes de la guerra trabajaba como ingeniera de la construcción y ayudaba a diseñar y construir escuelas, aseguró que nunca había imaginado que un día vendería flores para sobrevivir.

“Me aportan alegría y también ayudan a los clientes, creando un ambiente positivo en esta guerra incomprensible”, afirmó.

Dudyk es una entre los miles de ucranianos que están recogiendo los pedazos de sus vidas destrozadas e intentan empezar de nuevo, muchos de ellos están creando pequeños negocios que esperan que les aporten a sí mismos y a sus nuevas comunidades un nuevo propósito. Otros están trabajando en empleos que se encuentran a un nivel más abajo de los puestos perdidos a causa de la guerra, aferrándose a estos, como si fueran salvavidas, para mantener a sus familias a flote.

“La invasión rusa ha animado a mucha gente a levantarse y empezar a construir nuevos negocios”, señaló Andriy Sadovyi, alcalde de Leópolis, ciudad que se ha convertido en un lugar de acogida para las personas que huyen del este devastado por la guerra.

Kirill Chaolin, que empezó a conducir un taxi tras perder su trabajo de formación de controladores aéreos, en Leópolis, Ucrania, el 30 de julio de 2022. (Diego Ibarra Sánchez/The New York Times)
Kirill Chaolin, que empezó a conducir un taxi tras perder su trabajo de formación de controladores aéreos, en Leópolis, Ucrania, el 30 de julio de 2022. (Diego Ibarra Sánchez/The New York Times)

El gobierno está fomentando este espíritu empresarial al ofrecer subvenciones, préstamos a interés cero y otras ayudas financieras para las pequeñas empresas.

“Ucrania permanecerá inquebrantable”, declaró Sadovyi, y gran parte de ello implica “garantizar que la economía se desarrolle y prospere”.

Esto parece una perspectiva desafiante mientras Rusia se prepara para nuevos ataques en el este y el sur de Ucrania. Según el Fondo Monetario Internacional, la economía ucraniana se reducirá en un tercio este año y se calcula que una quinta parte de las pequeñas y medianas empresas del país han cerrado.

No obstante, muchos refugiados que han huido de las zonas devastadas por la guerra están forjando de manera colectiva un nuevo frente de resistencia económica a la agresión de Rusia.

Los cimientos son colocados por personas como Serhii Stoian, de 31 años, un exprofesor de Matemáticas que abrió en Leópolis una pequeña tienda donde vende café y pasteles tras huir de un trabajo en Bucha, la ciudad ahora tristemente famosa por las escenas de civiles desarmados asesinados por soldados rusos. La cafetería, llamada Kiit, en honor a su gato desaparecido en la guerra, tuvo dificultades en sus inicios. Pero el negocio ahora avanza tan rápido que está abriendo otra cafetería en Leópolis. Se está planeando una tercera en Kiev.

“Llegamos aquí con 500 dólares en el bolsillo”, relató Stoian, que ahora emplea a cuatro personas y trabaja con un amigo que se convirtió en socio. “Cuando empezamos, prometimos pagar al propietario en dos meses. Pudimos pagarle en solo dos semanas”.

Stoian había soñado con abrir su propia cafetería, pero nunca lo hizo, por miedo al fracaso. Como actividad paralela a la enseñanza, gestionaba un canal de cocina en YouTube en Ucrania llamado Hungry Guy Recipes que tiene casi 700.000 seguidores.

“La vida era muy buena”, dijo.

Acababa de empezar a trabajar a tiempo parcial en una pastelería de Bucha, donde hacía pasteles con sus recetas de YouTube, cuando la invasión hizo que todo se detuviera.

“El dueño de la pastelería llamó a las cinco de la mañana y anunció: ‘Nos están bombardeando. Tienen diez minutos para acompañarme si quieren escapar’”, recordó Stoian. “Mi amigo y yo no tuvimos tiempo de pensar porque, cuando oyes que Rusia está invadiendo, no puedes pensar”, comentó. “Estaba preocupado por mi gato, que se quedaba con los vecinos. Pero tomamos algo de ropa y documentos y nos subimos al auto. Y condujimos como locos”.

Acabaron en Leópolis, donde vivieron en un refugio atestado de otros refugiados de todo el país. Durante tres semanas, ayudaron a mujeres y niños a cruzar la frontera. Pero necesitaban trabajos remunerados.

Cuando Stoian vio un cartel que decía “Se renta” en una pequeña tienda de recuerdos, se le ocurrió una idea.

“Podíamos alquilarla y vender café y pasteles”, recuerda haber pensado. “No teníamos experiencia comercial. Y estábamos un poco preocupados porque en Ucrania hay corrupción. Pero mi amigo sabía hacer café. Y yo sabía hornear”.

Alquilaron una máquina de café expreso y Stoian se quedó despierto por las noches haciendo tartas de frutas, galletas de romero y roles de canela. Pero no llegaban clientes. Stoian empezó a desesperarse. Entonces, borró el menú de la pizarra de la cafetería que daba a la acera y empezó a escribir su dramática historia.

“Nos mudamos aquí por la guerra”, decía el mensaje. “Queremos hacer lo que mejor sabemos: un gran café y pasteles. Creemos en Ucrania. La gente nos ha ayudado y queremos ayudar a otros”.

Prometió donar parte de los ingresos de la tienda al esfuerzo de guerra. Al personal militar se le ofreció café gratis.

Al día siguiente, dijo Stoian, había filas de 20 a 30 personas. Después de publicar en Instagram, la cafetería tenía hasta 200 clientes al día. Ha sido tal la sensación que ha recibido consultas para abrir franquicias de Kiit.

Aunque se siente animado por el éxito, sigue lidiando con el dolor de los asesinatos sin sentido de personas que conocía en Bucha y la pérdida de su querido gato, al que sus vecinos dejaron atrás al huir de los bombardeos.

“Nombrar la cafetería en su memoria me ayuda a seguir adelante”, afirmó.

Un día reciente, recorrió con la mirada las paredes desnudas de su segunda cafetería Kiit, con el suelo repleto de material de construcción.

“Todo esto sigue siendo una apuesta”, aseguró Stoian. “Y si lo perdemos todo, no pasa nada, porque empezamos sin nada”.

“Pero quizá también lo consigamos. Quizá seamos el próximo gran éxito”.

Para otros, la resiliencia significa aceptar una transición más incómoda. Kirill Chaolin, de 29 años, trabajaba como formador de alto nivel para controladores aéreos en el aeropuerto internacional de Leópolis. Su puesto de trabajo desapareció cuando Ucrania cerró su espacio aéreo a los vuelos comerciales. En los últimos meses, Chaolin, que tiene mujer y una hija de 5 años, ha empezado a conducir un taxi para Bolt, un rival de Uber, con el fin de salir adelante.

“Es difícil renunciar a un gran trabajo para hacer esto”, asegura, mientras navega entre el tráfico en un reciente día laborable. “Pero no hay más remedio: mi familia necesita comer”.

Decenas de sus antiguos colegas en los aeropuertos de Ucrania están haciendo lo mismo, añadió.

“Hay que hacer lo que sea necesario para sobrevivir”, señaló Chaolin.

© 2022 The New York Times Company