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Audiolibros, la mejor terapia para el estrés (y el insomnio)

Fue un amor fugaz e inesperado. Siempre había oído hablar de los audiolibros, esas novelas narradas que sustituían a las convencionales y que estaban causando furor en Estados Unidos. Lo cierto es que contemplaba esta práctica con cierta condescendencia: “los de los audiolibros es gente tan vaga que es incapaz ni de abrir una novela”, me decía a mí mismo justificando una barrera irracional hacia este nuevo formato. Y así permanecí bastante tiempo hasta que un buen día alguien me habló de una plataforma que ofrecía barra libre de libros en audio por el pago de una suscripción mensual. “Sí, es como Netflix, pero en libro”. Lo que me faltaba por escuchar.

Pero me picó la curiosidad y me di de alta en el periodo de prueba gratuito de Storytel, una plataforma que había aterrizado en España y que ofrecía un importante catálogo de libros en este idioma. Su colección, además, contaba con un considerable número de libros narrados en español hablado en diferentes países, y así, podía ‘leer’ libros de narradores que hablaban con el mismo acento que el mío. “Vaya, esto parece interesante”, me dije. Y comencé.

Otra de las principales barreras de entrada para los audiolibros para mí era también su precio: un libro con este formato bien podía superar los 10 euros, una cantidad que hacía que uno se lo planteara seriamente. Sin embargo, una plataforma mediante suscripción acababa con este problema: se paga una cantidad fija al mes y se tiene acceso a todo el catálogo de libros en ‘barra libre’.

Ya existe una buena oferta de apps que ofrecen audiolibros desde dispositivos móviles. Fuente de la imagen: Digital Trends.

Mi primer libro fue “Dr. Q.”, una autobiografía que me cautivó desde el primer minuto y que sirvió de mecha para un incendio que ahora está fuera de control.

¿Cómo es realmente la experiencia de escuchar un audiolibro? Picado por la curiosidad, me puse en contacto con Javier Celaya, director de Storytel en España: “la mayoría de la gente escucha libros por la noche, al acostarse, igual que con los libros convencionales”. Vaya, aquello resultaba extraño porque implicaba que los libros con este formato estaban sustituyendo a los escritos para este tipo de lector. Sin embargo, hice caso omiso de esta tendencia y comencé a escuchar los libros en momentos en los que, por motivos evidentes, antes no leía: paseando al perro, conduciendo…

Poco a poco fui avanzando en el desarrollo del libro y la curiosidad de conocer qué venía a continuación me hizo dar el siguiente paso: ‘leería’ al acostarme, como el grueso de usuarios de Storytel. Y pronto comprendí por qué la gente prefería este momento del día para dedicarlos a los audiolibros. En el silencio de la casa y con la luz apagada me coloqué los auriculares y dejé que mi mente viajara con el contenido del libro. La experiencia resultó, si cabe, mucho más enriquecedora; al no tener ningún tipo de estímulo externo (recordemos que los humanos no somos multitarea), buceaba con pasión y los cinco sentidos en la voz del narrador.

Pronto descubrí otro efecto colateral de los audiolibros: son como una mecedora para quienes tenemos el sueño correoso. Esa voz pausada nos va arrastrando poco a poco y sin que nos demos cuenta hacia los brazos de Morfeo, hasta el punto que al día siguiente me veía obligado a ‘rebobinar’ hasta el último punto en el que mi plano consciente estaba escuchando el audio.

¿Merecen la pena los audiolibros? Supongo que dependerá de cada usuario; en mi caso, me estoy planteando hasta vender el lector de libros electrónicos puesto que ya no concibo otra manera de ‘leer’. Ah, y he pasado de leer un libro cada tres meses a hacerlo dos al mes. Casi nada.

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