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La genial historia de cómo Japón se convirtió en el paraíso del Kit Kat

Dicen que para gustos, los colores, y si hablamos de Kit Kat, también los sabores. No existe en el mundo una chocolatina con un portafolio más extenso. O nosotros no la conocemos. Hay un Kit Kat para todos los paladares. Si no te cautiva, échale la culpa a tus papilas gustativas, porque no será por falta de opciones.

En Japón, la famosa oblea cubierta de chocolate con leche es lo más parecido a una religión. El país del anime cuenta con un historial a sus espaldas de 300 (sí, 300) variantes del Kit Kat, entre ediciones limitadas, de temporada y los que se crean para convertirse en clásicos, con sabores tan impensables como el de torta de fresa, de queso, judía roja, té verde, melón de Hokkaido con queso mascarpone, patata dulce, wasabi, cítricos, edamame, ron con pasas, matcha, sake, castaña, guisantes, mango, chile picante, helado de vainilla, sopa de miso, champagne con fresas, boniato… Así hasta 300, como los espartanos del rey Leónidas (“au, au, au”). En definitiva, el turista que visite Japón y no se lleve un buen surtido de estos dulces en la maleta, está haciendo algo mal, porque es uno de los souvenirs más representativos del país nipón (además de estar buenísimo).

Kit Kat es un auténtico fenómeno en Japón. Foto:  AFP PHOTO / Behrouz MEHRI / TO GO WITH Japan-food-consumers by Anne Beade
Kit Kat es un auténtico fenómeno en Japón. Foto: AFP PHOTO / Behrouz MEHRI / TO GO WITH Japan-food-consumers by Anne Beade (AFP Contributor via Getty Images)

La historia del Kit Kat se remonta a 1911, cuando la compañía Rowntree, con sede en York (Reino Unido), registró los nombres Kit Cat y Kit Kat. Marcas que dejó en remojo, a la espera de que alguien los rescatara del olvido. El Kit Kat, que no se llamaba como tal, sino Rowntree’s Chocolate Crisp, se empezó a comercializar bajo el formato actual de cuatro barritas en 1935, que se mantiene prácticamente intacto hasta nuestros días, con el distintivo envoltorio rojo y blanco que lo ha hecho famoso. Dos años más tarde, el director de marketing de la empresa, George Harris (que nada tiene que ver con el Harrison de los Beatles, valga la aclaración), apostó por sacar de la trastienda el nombre de Kit Kat y rebautizar la chocolatina.

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El empujón definitivo para consolidar su éxito hay que adjudicárselo a Donald Gilles, un creativo de la agencia publicitaria JWTLondon. De su mente prodigiosa para posicionar productos surgió el eslogan Have a break, have a Kit Kat (“tómate un respiro, tómate un Kit Kat”, en castellano), que catapultó la marca al estrellato a partir de 1958. Para entonces, el bloque de cuatro barritas ya se comercializaba en todo Reino Unido, Australia, Canadá y Nueva Zelanda. A Estados Unidos llegó en 1970 de la mano de Hershey Corp, empresa que todavía tiene los derechos de producción ahí.

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El gigante Nestlé compró Rowntree en 1988, favoreciendo la expansión y distribución de Kit Kat en Europa central y del este, Asia y América Latina. Actualmente, tiene presencia en 80 países. Pero ni punto de comparación con la consolidación que ha experimentado entre el público japonés. Una de las razones es puramente lingüística. Más bien, fonética. Resulta que la pronunciación de Kit Kat se parece mucho a “kitto katsu” que, en el dialecto Kyushu, significa “seguro ganarás”. Esta coincidencia provocó que muchos japoneses empezaran a regalar el dulce a los estudiantes como símbolo de buena suerte cuando se enfrentaban a un examen. De hecho, es normal que muchos de ellos se armen como una chocolatina mientras realizan la prueba. El gesto se trasladó a otros ámbitos de la vida y el resto es historia: quien quiere desearle buena fortuna a un ser querido, sólo tiene que ir al súper, comprar un Kit Kat y regalárselo a ese alguien especial. El principal problema de esta costumbre es ser capaz de decantarse por una de las 300 variedades y acertar con el sabor. Toda una odisea.

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