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De ejecutivo exitoso a camionero feliz: Es posible empezar de cero a los 60 años

Ross encontró la felicidad manejando un camión, un trabajo que le permite desarrollar la capacidad de pensar y valorar su propia compañía (Foto:Getty)
Ross encontró la felicidad manejando un camión, un trabajo que le permite desarrollar la capacidad de pensar y valorar su propia compañía (Foto:Getty) (Driendl Group via Getty Images)

En la película “Antes de partir”, de 2007, dos hombres de más de 60 años entablan una amistad porque comparten una habitación en un hospital. Enfermos, y con la muerte respirando en sus nucas, se dan cuenta de que dejaron mucho por hacer y deciden escribir una lista de actividades y emprender la aventura de llevar a cabo todo lo que puedan antes de morir.

Este film protagonizado por Jack Nicholson y Morgan Freeman es una lupa sobre dos personas que, como millones en el mundo real, llegaron al final de sus días sin poder vivir la vida que querían o hacer las cosas que, creían, les podían dar felicidad.

Resulta que esas cosas, lejos de lo que se piensa cuando se transitan los 30, no consistían simplemente en hacer dinero o lograr llegar a la cima en la empresa para la que trabajaban.

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En poco más de hora y media, la película logra mostrar que estos personajes terminan satisfechos con ellos mismos, con lo que son en esencia, algo que antes no podían ver por un ritmo de vida que no deja ver hacia adentro.

Porque puede que el salario sea bueno y que ya sea jefe. Que gane lo necesario para pagar las cuentas y las deudas y, que además permita poder darse el lujo de irse eventualmente de vacaciones.

Pero tras 25 o más años de seguir una misma rutina ya muchos empiezan a sentir una picazón, una molestia que va saboteando los pensamientos y se asoma cada vez más fuerza para preguntar: ¿De esto se trata la vida?.

Esa pregunta le llega a diario a millones en el mundo entero, incluyendo al australiano Greg Ross que después de haber sido CEO, o lo que es lo mismo, haber alcanzado el máximo puesto en la empresa para la que trabajaba, decidió renunciar a su cargo como alto ejecutivo a sus 60 años.

Ross contó a The Guardian que después de haber sido CEO de una compañía de teatro y de ser ejecutivo de marketing para autos de prestigio se dio cuenta de que estaba “quemado” y que ya no podía continuar sumergido en una rutina de oficina.

Iba en un avión rumbo al funeral de un tío en Australia cuando estos pensamientos reveladores dominaron su mente y supo que definitivamente necesitaba hacer una transformación radical en su vida.

Su ritmo de vida tan ocupado no le había permitido abrir las puertas al agotamiento emocional hasta que tomó ese vuelo a su pueblo natal y pudo pensar en él mismo y en lo que de verdad le gustaría hacer que no era otra cosa que manejar un camión.

Cree que se tardó en reconocer ese agotamiento y esa necesidad de cambio, y achaca esa tardanza al hecho de pertenecer a la generación llamada “baby boomers”, es decir, los nacidos tras la Segunda Guerra Mundial, entre 1946 y 1964.

“Nunca se nos permite llorar, nunca se nos permite rendirnos, tenemos que ser duros. Luchas contigo mismo. Crees que hay algo mal contigo”, comenta y agrega que en ese momento de auto cuestionamiento por estar renunciando a un estilo de vida que socialmente se considera exitoso se dijo: “Soy un fracaso”.

La canción que le venía a la mente era Watching the Wheels de John Lennon en la que se habla de alguien que decide cambiar de vida y entonces las personas a su alrededor le dan consejos para que no caiga en la ruina y para que no lleve una vida de holgazán, todo ello mientras ve las ruedas girar.

Sin dudas, una alegoría de lo que quería para su vida. Dejar la supuesta estabilidad y entregarse a mover grandes ruedas en las carreteras.

Cuando Ross finalmente renunció, sus hijos ya adultos le preguntaron que qué iba a hacer desde ese momento en adelante y respondió: “Creo que solo voy a conducir un maldito camión”.

Y, en efecto, aplicó para un trabajo de conductor de grandes camiones, de esos que llevan dos o más remolques llamado tren de carretera, porque quería manejar los más grandes y potentes, de los que tienen cinco vagones y dos motores.

La empresa transportista lo llamó para preguntarle por qué en su currículum no decía que tuviera experiencia manejando camiones y por fortuna, lejos de rechazarlo, le ofrecieron un entrenamiento de dos semanas que completó con éxito hace ya doce años.

Ross tiene ya 72 años y un contrato a tiempo completo manejando grandes camiones. Trabaja 12 horas al día por 14 días seguidos tras los cuales tiene una semana libre.

Y aunque no pareciera ser una rutina ligera, y menos para alguien que dijo estar “quemado” hace más de una década, el ex ejecutivo dice que, a diferencia de sus trabajos anteriores, aquí no tiene jefes que lo llamen a cualquier hora aunque ya esté fuera de su horario.

“Con esto de los camiones, ellos no son mis dueños. Al final de mi turno giro la llave y otra persona toma la responsabilidad”, dice satisfecho.

Resulta interesante que mientras hace recorridos de hasta 300 kilómetros en el camión, el mayor viaje de Ross ha sido hacia adentro, al camino de aceptarse y quererse.

El ya experimentado camionero dice que le gusta estar en silencio, que es feliz con su propia compañía y se admira con la capacidad para pensar que ha desarrollado en sus recorridos.

“Me gusta quien soy y dónde estoy”, dice.

A veces también ameniza sus viajes con música clásica, los Rolling Stones o Leonard Cohen, a quien tuvo la oportunidad de ver en concierto en la misma época en la que renunció a su trabajo ejecutivo.

El concierto de Cohen lo dejó conmovido hasta las lágrimas al punto de comentar su emocionante experiencia en un foro y recibió la atención de Ann-Kristin, una mujer alemana con la que terminaría casándose en 2014 tras un romance de varios años.

Fue Ann-Kristin quien le dijo que por qué, si ya había renunciado a su vida corporativa, seguía manteniendo la costumbre de ir una vez al mes a cortarse el pelo. Entonces decidió dejar que creciera la melena y ahora ama sentir como su cabellera es libre al viento.

La vida de Ross ha dado una vuelta radical desde su renuncia al mundo empresarial, pero ya a principios de siglo su cuerpo estaba pidiendo cambios pues le habían diagnosticado cáncer de tiroides terminal, un diagnóstico que logró revertir y que ahora interpreta como una segunda oportunidad para vivir fuera de ese ambiente corporativo.

A veces recuerda su vida en la empresa y piensa que él era un “arrogante” y “un dolor en el trasero” para sus compañeros y empleados. “Qué imbécil”, dice al referirse al Ross corporativo.

Le pasa que sus ex colegas lo ven en la calle y no lo reconocen. También le pasa que tras varios meses él los ve a ellos y puede observar que “de repente el macho alfa se convirtió en una persona vieja”, que “se han vuelto demacrados” y que se les ven los “ojos reumáticos”.

No se puede decir que ahora sea un hippie a tiempo completo, pero Ross es un hombre más libre, que pedalea para mantenerse en forma y vive feliz con su nueva versión de conductor de trenes de carretera, con pelo largo y lentes oscuros.

“El vaso está siempre medio lleno conmigo y hay un mesonero que viene con otra botella”, sentencia el feliz camionero.

La felicidad se acerca pasados los 50

Lo que le pasó a Ross se enmarca perfectamente en lo que plantea Jonathan Rauch, investigador del centro de estudios Brookings Institution en Washington que en 2018 publicó el libro "La curva de la felicidad: por qué la vida mejora después de los 50".

En esta obra se plantea que el cerebro humano experimenta cambios a medida que va envejeciendo y que parte de esas transformaciones tienen que ver con enfocarse menos en la ambición y más en las relaciones personales.

Rauch basó su análisis en historias personales, últimos datos estadísticos y entrevistas a economistas, psicólogos y neurocientíficos.

En su obra se indica que las personas mayores sienten menos estrés y arrepentimiento, se detienen menos en la información negativa y son más capaces de regular sus emociones.

Además, tampoco es tan importante la competencia por estatus.

“Parece que estamos programados a buscar el máximo estatus cuando somos jóvenes: la ambición de estar en la cima del mundo, tener el gran trabajo, tener el matrimonio extraordinario con la persona maravillosa o mucho dinero”, dijo Rauch a The Guardian cuando publicó su libro en 2018.

En cambio, añadió, cuando la persona se hace mayor, los valores y las perspectivas cambian y la gente dice cosas como “no me importa mucho lo que piensen los demás”.

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